A menudo se puede apreciar, en el seno de los dojos, esa tendencia que tienen buena parte de los aikidokas de preferir a ciertos compañeros en detrimento de otros.

   Una cierta complacencia a dejar que sean únicamente las afinidades quienes decidan elegir tanto al interlocutor con el que vamos a intercambiar argumentos como a los que se van a quedar fuera de nuestro círculo. Éstas afinidades están, por lo general, motivadas principalmente por un nivel técnico comparable y por un físico, estatura, edad, sexo… bastante similar. Se trata de hecho de encontrar un espejo ideal, en el cual, antes incluso de que la acción comience, uno pueda verse casi idéntico a sí mismo. La unificación en el instante será más cómoda, aunque a largo plazo, es probable que una rivalidad germine de esta semejanza gemélica.

   A veces incluso se llega a institucionalizar las clases en categorías con el fin de facilitar aún más esta identificación inmediata, acortando al máximo la distancia entre Uke y Tori, dándoles así el máximo de oportunidades de ajustarse con nitidez a la imagen reflejada. Y, especialmente, los cursos “De alto nivel” o “intensivos” son considerados por tanto como la finalidad, lo verdadero, lo último, aquello a lo que todo lo demás debe conducir, rebajando el hecho de la práctica normal al rango de paréntesis.

   Se comprende bien la lógica de esta forma de avanzar, resultado del deseo legítimo de perfeccionamiento y de exaltación: favorecer el éxito, la gratificación y el placer, placer de reconocerse y ser reconocido; seguro que salimos de este tipo de práctica con una impresión positiva que, además de lo que vale por sí misma, es también fuente de bastantes progresos.

   Pero estemos vigilantes y sepamos no abusar de ello puesto que el culto por la satisfacción inmediata se convierte en un efecto engañoso y conlleva bastantes trampas; el Dojo no debería dejar desarrollarse en su seno la cohabitación de diferentes guetos estancos los unos de los otros puesto que traicionaría entonces su misión que es la de fraternizar, unificar y no la de segregar. No debería ocurrir que el Aikidoka, en una especie de onanismo narcisista, sólo supiera obstinarse en reafirmarse en lo que él es por medio de la práctica exclusiva con sus dobles, puesto que está bien claro que el limitar la elección de los compañeros a aquellos que se le parecen no le prepara mucho para el reencuentro con la verdadera variabilidad.

   Él debe saber que los espejos deformantes, esos que reflejan una caricatura y no una imagen ideal, a veces son bastante más reveladores de su naturaleza profunda.

   Y el Dojo, por el contrario, tiene por deber el aprovechar la riqueza y la diversidad de materia humana de la que dispone para que cada uno la mezcle a su manera, con el fin de que, con esta experiencia, amase y moldee su humanidad, a la que solamente el conocimiento y la intimidad con lo desconocido pueden dar una verdadera capacidad de acogida, comprensión y persuasión.

   Nuestros ancestros ya lo sabían.

   Un poeta de la antigüedad nos dejó dicho: “Como hombre, considero que nada de lo que es humano me es extraño”. Por otro lado hay un proverbio que dice: “Asinus asinum fricat”, es decir, “el burro se frota al burro”. Nuestro “Dios los cría y ellos se juntan”…

   Por lo tanto, a cada uno le toca elegir su modelo: ¿El burro o el poeta?

Extraído del libro “Fragments de dialogue à deux inconnues” de Franck Noël.

Traducción: Ignacio Quirós
Texto original en: www.aikido-noel.com