Entre los cronistas de jazz circula una anécdota.

   En aquella época, John Coltrane tocaba en la formación de Miles Davis y, a pesar de la notoriedad más consolidada de éste último, una cierta rivalidad mancillaba la relación entre éstos dos hombres, cuya sensibilidad musical estaba, por otra parte, suficientemente contrastada.

   Una noche, John, en el momento de su “solo”, se lanza a una improvisación tan enrevesada como interminable, haciendo chillar, cantar, gemir, rechinar tanto y más su saxofón, bajo la mirada cada vez más pesada de Miles, preocupado por verse arrebatar el estrellato y también de escuchar la facilidad sin límite de su colega para poner en un estado lastimoso su gusto por la elipsis y la alusión.

   La prestación se termina salvando, sin embargo, las apariencias.

   Más tarde, John, dirigiéndose a Miles, le dice algo como: “¿Sabes? Antes me metí en un lío del que no encontraba la manera de salir!”. Y Miles le responde: “¿Pensaste en dejar de soplar?”

   Demoledor.

   “Dejar de soplar”… El paralelismo que podemos intentar con nuestra disciplina no debe evidentemente animarnos a practicar en apnea sino a pensar en la idea de renuncia, de abandono, desprendimiento.

   La idea de que, a veces, es dejando de intentarlo cuando resolvemos el problema, que la solución puede encontrarse en el menos y no en el más.

   En el plano técnico, los ejemplos son innumerables donde solamente se intenta hacerlo siempre más fuerte o siempre más deprisa, obstinándonos a encerrarnos en una tentativa siempre renovada y siempre también poco concluyente, cegándonos totalmente a otras direcciones, a otros acercamientos, o simplemente a la realidad que nos propone el compañero.

   Es entonces cuando renunciando a aquello que intentamos hacer mejoraríamos.

   Representamos bien la imagen del muro sobre el que nos empeñamos empujar en lugar de saltarlo, rodearlo, cavar por debajo o… de dar media vuelta porque simplemente no era por ahí por donde había que pasar. Y, de hecho, ¿estamos seguros del lugar hacia el que vamos?

   En otro registro, el profesor es a menudo interrogado: “¿Qué debo hacer para relajarme?” Dejando suponer que relajarse necesitaría de un esfuerzo suplementario, necesitaría de algo más que hacer… sin pensar en la posibilidad de hacer menos.

   Contestar al todopoderoso voluntarismo es una idea completamente banal y desde hace mucho tiempo la tradición oriental nos ha enseñado a admirar la estrategia del “no querer” del agua que corre simplemente por allí donde no hay que hacer ningún esfuerzo y, sin embargo, acaba por arrastrar todo a su paso.

   El vacío del Zen, la purificación o la neutralidad del Shinto nos evocan la misma realidad: Hacer abstracción de sí mismo, de su ego, de su voluntad, de sus intenciones o aspiraciones para simplemente diluirse en la situación. No intentar hacer nada de particular para hacer eso a lo que vamos a ser llevados a hacer sin haberlo realmente decidido. Estas tradiciones nos animan a despojarnos, a simplificarnos, a disminuir nuestro volumen, a reducirnos a lo esencial, a aquello que nos funda verdaderamente como seres humanos en lugar de complacernos en personalidades cada vez más complejas e hinchadas, recubiertos de ambición y voluntad de imponerse. Porque, en cierta manera, estas tradiciones consideran que aquello que es verdaderamente humano en nosotros es justamente nuestra parte divina y que, como tal, esta parte de nosotros sabrá adoptar la conducta adecuada.

   En esta lógica, la búsqueda del adepto no será un intento de acumulación de competencias sino la aceptación de un desprendimiento de todas las asperezas particulares.

   La idea es banal pero su uso a conciencia lo es menos.

   En el marco de nuestra práctica, los conceptos de sobriedad y de simplicidad, tanto de la técnica como de las personas que la hacen vivir, nos son familiares, igual que aquellas de disponibilidad y de adaptación que bien necesitan de una escucha, es decir, de un espacio a llenar, abandonando sus veleidades a corto plazo para avanzar mejor en la vía.

   Y es ahí donde reside toda la dificultad y toda la ambigüedad de esta conducta: Cómo conseguir avanzar en la vía sin incluso haber querido comprometerse? Cómo ser neutro en esta búsqueda de neutralidad?

   Y eso no es todo: ¿Cómo conciliar el desprendimiento, este abandono, con otros valores que son también los nuestros, tales como el compromiso, la perseverancia, la determinación o la claridad de intención? ¿Hay que renunciar al compromiso o comprometerse a renunciar… o incluso renunciar a renunciar? Porque hemos debido comprometernos en la voluntad de mejorar para ir por la vía. Además, la renuncia, ¿es el final del camino, el objetivo (pero un objetivo hecho de vacío y no de pleno, una especie de negación de la idea misma de objetivo)? O bien, ¿es la condición, el medio, para avanzar por el camino? ¿Renunciar a la idea de mejora es necesario para mejorar? O bien ¿hay que perseverar en esta idea de mejora para llegar a renunciar?

   Vale.

   Dejemos de soplar porque no tenemos respuesta.

   Sin embargo, si llevamos el debate a un nivel más humano, renunciando a nuestra búsqueda de perfección y de absoluto, el paralelismo con la música puede quizá ayudarnos:

   La observación de Miles nos recuerda que el silencio forma parte de la música. Pero no nos compromete a no soplar nunca por nuestra trompeta. Lo mismo que un bailarín podría decirnos que la inmovilidad forma parte del movimiento, y no por ello dejaría de estudiar cómo moverse. Un buen periodista sabe que es justamente cuando él se calla para dejar hablar a su interlocutor entrevistado, que ahí está lo más interesante; pero debe continuar a afinar sus preguntas.

   El buen uso de todas estas herramientas es saber dosificarlas y ritmarlas, de utilizar unas para que se escuchen las otras, de saber jugar sobre las alternancias, los intercambios, a veces sobre la ruptura, otras sobre la continuidad, de ser a veces la cuerda que vibra y otras el resonador….

   La carrera, el trayecto, de estos artesanos y artistas estará hecho de experimentación sobre la combinación de sus herramientas, sobre el valor y el lugar respectivo que acordarles. Habrá rutina, fracasos, callejones sin salida, pero también momentos de gracia, de gran lucidez y de descubrimiento.

   Parece claro que nuestro aikido nos haga viajar por un paisaje completamente parecido.

   No podemos, sin duda, desenredar teóricamente la cuestión de saber si hay que vaciarse primero para llenarse después o al revés. Pero la experiencia nos dice dos cosas que parecen contradictorias: que hay claramente un cierto número de cosas a adquirir de manera voluntaria y sistemática, pero también que nuestras costumbres, las buenas como las malas, nos tienen encadenados y que hay que saber renunciar a ellas para sobrepasar nuevas etapas, y esto, a todos los estadios de la progresión.

   ¿Qué lección sacar de todo esto?

   Pues quizá simplemente quedarse con estas dos facetas del trabajo: en más, en positivo, en pleno, en insistencia, pero también en menos, en negativo, en abandono, en renuncia.

   Y continuar tocando….

   Vosotros también, Miles y John, por favor, continuad tocando para nosotros vuestra música hecha de silencios y de notas, cabalgando alegremente vuestros ritmos mágicos…

   Aún estamos lejos de haber encontrado la respuesta al problema.

Franck Noël

Texto original en: www.aikido-noel.com