Hay que soñar con una práctica elocuente.

   La cual sabría, a la vez, convencer, educar y entusiasmar, y que gracias al vigor de su iluminación no dejaría ninguna zona de frustración, ningún contencioso, ningún malentendido.

   Una elocuencia que sabría irradiarse a todas las situaciones y abordarlas con calma y método, pero también con espontaneidad y convicción.

   Ella no se impondría como una claridad de intensidad cegadora, fría y segura de sus afirmaciones, y que aplicaría sus técnicas como quien profiere eslogans, como verdades de expresión prefabricada, rígida y fija. Por el contrario, ella sería una de las que piensan en voz alta, de las que desenredan el hilo de un pensamiento en movimiento, que conocen el valor de la duda, su potencial de rebote y su potencia dinámica.

   Esta práctica elocuente no recitará sus gestos; los reinventará con cada interlocutor, con la persuasión del que invita al otro a la intimidad de su búsqueda, a la escucha de sus bloqueos y de sus vacilaciones, sabiendo acelerar allí donde hay vía libre y, al contrario, aminorar, esperar en los trazados laberínticos, variando el paso según se camine sobre suelo firme o entre trampas de fango, esforzándose por sostener al comparsa para que ése se extirpe sus adornos y consiga de nuevo la libertad de pensar o de moverse.

   Ella sabrá guiarlo por los meandros de su pensamiento tan bien que, rápidamente, el oyente la convertirá en algo suyo y, al mismo tiempo, la descubrirá, tal como si ella habitase en él desde siempre.

   Esta elocuencia nos encanta al darnos la impresión de oírnos hablar, nos transporta al hacernos descubrir lo que ya sabíamos sin haberlo descifrado realmente y, olvidando instantáneamente que ella es la obra de otro, nos ofrece el ver desfilar nuestro propio pensamiento en los propósitos del otro, nos ofrece sentir nuestro propio movimiento en los gestos del otro.

   De una técnica elocuente, uke, lejos de ser un objeto o un oyente pasivo, saldrá transportado del intercambio y quedará encantado por haber formado parte de esta creación fugaz de un trocito de aikido.

   La elocuencia, que da al oyente y al locutor la oportunidad de contemplarse el uno al otro como los dos creadores de un mismo discurso, autoriza igualmente a uke y a tori a gozar de la fusión que les une, sin que ni a uno ni a otro se les ocurra reivindicar la paternidad del momento.

  Extraído del libro “Fragments de dialogue à deux inconnues” de Franck Noël.

Traducción: Ignacio Quirós
Texto original en: www.aikido-noel.com