Todos lo saben, en Aikido, hay un Do: Un camino, vía, trayecto, trayectoria.

   El aikidoka es, por lo tanto, un viajero.

   Hacer aikido es caminar.

   Esta idea es, cierto, un poco reductora porque en el Do está contenida también la idea de regla, de principio, de orden: Se trata entonces, y más exactamente, de caminar, al mismo tiempo, en búsqueda de principios y según esos mismos principios.

   Pero dejémonos llevar por esta idea de viaje…

   Trayecto, destino, vuelta…

   Si hablamos del viaje moderno, todo está al servicio del lugar de destino y nos lleva, con este hecho, a negar el trayecto o, al menos, a neutralizarlo: En primer lugar por la velocidad, que disminuye la duración (pero que aumenta la frecuencia porque vamos más veces allí donde es necesario menos tiempo para ir) pero también porque esteriliza el contenido. El paisaje ya no existe, en avión como en AVE o en autovía; los compañeros y compañeras de viaje nos dan la espalda en lugar de ponerse de frente como para disuadirnos de intentar conocerlos; las estaciones, aeropuertos están señalizados con el fin de disminuir al máximo la desorientación, el imprevisto, el encuentro original o todo esfuerzo de adaptación… El “progreso”, la “modernidad” se atan decididamente a esta neutralización del trayecto, no considerado como válido por él mismo y merecedor de que nos recreemos en él, sino como un simple paréntesis que debe dejar al viajero idéntico a sí mismo.

   Estamos entonces bien alejados de la imagen, sin duda abusivamente cargada de romanesca o de ilusiones juveniles, de un Rimbaud en Abisinia, de un Segalen en China, de un Saint John Perse en las américas o de un Cendrars en el transiberiano, poetas de viaje, poetas del viaje, del viaje interior, alimentados tanto de trayectos aventureros y turbulentos, de despierta inmovilidad como de destinos coloreados, que hacen de sus vidas, de su obra, un viaje iniciático en el cual los misterios están a reformular por cada lector, por cada viajero que debe desenmarañar antes de mezclar por su experiencia, sus vivencias, equipaje de su vida.

   Estamos igualmente bien lejos de eso que el Aikido sugiere como viaje. Porque está claro que el destino es tan inaccesible como ambicioso. Podemos, por supuesto, fijar un cierto número de puntos de referencia, etapas relativamente identificables, marcas sobre las que nos apoyamos para tomar aliento antes de retomar el camino; Podemos definir progresos a realizar, formular objetivos que necesariamente no serán más que intermedios y transitorios y que, muy pronto, aparecerán irrisorios y estrechos conforme nos vayamos acercando a ellos… Pero hay que acercarse al espejismo para verlo desaparecer y, por lo menos, ésto tiene el mérito de suscitar el movimiento.

   El trayecto es pues la materia misma del viaje Aiki, que nos invita a maravillarnos a cada uno de nuestros pasos; que nos arroja a lo desconocido y a la extrañeza del descubrimiento de nosotros mismos en el espejo de los otros; que nos obliga a estar atentos a cada peripecia del recorrido, a saber negociar cada chicane, trampa o carril; que sabe ayudarnos a resistir a la tentación de sentarnos en la cima del primer montículo llegado o de girar en círculos sobre los senderos balizados.

   El viajero Aiki se alimenta de su trayecto, de su práctica. Se gusta, se contempla y viaja para viajar. Admira el paisaje, aprende a conocer a compañeros de viaje, aplaza los límites de su curiosidad, se descubre aventurero, caminante, decidido…

   ¿Pero esta valorización del trayecto quiere decir por lo tanto que, en el espíritu de nuestro viajero, el destino, por lejano e inaccesible que sea, importa poco, que no es más que el pretexto y que el destino podría ser otro? No podemos ciertamente ir tan lejos, porque está claro que es el destino el que determina el perfil de los viajeros, de los compañeros de viaje, que pueblan lo cotidiano. La elección del destino, aunque sea mítica, es un componente esencial de su viaje, porque es él, en el atractivo que le atribuimos, el que tira de nosotros, que nos motiva para continuar y da sentido a nuestros esfuerzos. Él es nuestra orientación, nuestra perspectiva.

   Y va también, por las esperanzas que ponemos en él, por la idea que nos hacemos de él, a inducir nuestro comportamiento, nuestro medio de transporte, nuestro método.

   Sin destino, el viaje sería vagabundo y no estaría al resguardo de repeticiones inútiles ni de vueltas atrás, le faltaría esta tensión hacia adelante que llamamos la búsqueda. Del Vagabundo, sin embargo, podríamos apropiarnos de la furtividad, ese arte de explotar les intersticios, de leer entre líneas, de saber aprovechar de todos los recursos que el camino pone delante de nosotros.

   ¿Y que hay de la vuelta?

   ¿Podemos imaginar una vuelta, con las arcas llenas de regalos, del viaje Aiki?

   Para ello habría que llegar al destino, recorrer los laberintos, perforar los misterios, y volver, iluminado, decidido a alumbrar y guiar a los demás en su búsqueda. Como el turista de vuelta a su país que distribuye los regalos a sus amigos y quiere hacerles descubrir el mundo mostrándoles sus fotos…

   La comparación no es muy halagüena…

   ¿Ese sería el sensei?

   ¿El que ha ido, que ha visto, que sabe y que ha vuelto, y que, desde entonces, importuna a su entorno con la narración obligatoria de sus recuerdos en tardes interminables de diapositivas?

   Para nada lo creemos… Nosotros lo vemos más bien como un esclarecedor, enrolado en el camino desbaratando algunas trampas y formar parte él mismo del paisaje. Nosotros lo vemos, más bien, vigilante y caminante, enfocar su atención, su energía y su pasión en intentar mantener esta alineación frágil de todos aquellos que le preceden y que le siguen en el aliento de esta vía, este destino lejano, mítico, inaccesible.

Franck Noël

Traducción: José María Sevilleja
Texto original en: www.aikido-noel.com